Capítulo 1: La esencia de Charito
Antes de ser la matriarca que todos conocimos, Ela del Carmen ya iluminaba los espacios con su presencia. Para todos, ella siempre fue simplemente “Charito”. Llevaba consigo una energía única, una mezcla de dulzura y carácter que dejaba huella en quienes tenían la suerte de cruzarse en su camino.
Le encantaba el café, sobre todo el recién “pasadito”. Prepararlo y luego verterlo con cuidado en una botella era para ella una tarea de máxima concentración, casi un pequeño ritual que reflejaba su forma de ser.
Su juventud estuvo marcada por la alegría y por esa autenticidad que la acompañaría el resto de sus días.
Charito no tenía filtro, y eso la hacía inolvidable.
Una vez, estando en una reunión bastante concurrida, todo iba de lo más normal: risas, conversaciones, gente saludándose… hasta que de pronto algo cambió en el ambiente. Charito frunció la nariz, miró a su alrededor y, sin bajar la voz, soltó su clásico: “¡cochino de mierda!”
El silencio fue inmediato. Algunos se hicieron los desentendidos, otros no pudieron aguantar la risa, y más de uno empezó a acomodarse la ropa con sospechosa urgencia. Pero Charito no se quedó ahí: con sus gestos tan suyos abanicándose con la mano y cambiándose de sitio dejó clarísimo que no estaba dispuesta a sufrir en silencio.
Al final, la incomodidad se convirtió en carcajadas, porque así era ella: directa, auténtica y sin rodeos. Incluso en esos momentos, lograba sacar sonrisas y dejar una anécdota que nadie olvidaría.



